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23 / 08 / 2004
Olivier Eitel: «Mi papel es mostrarles vídeos de gente que muere en las pateras»

Un inmigrante que ayuda a otros inmigrantes. Esta frase resume la vocación y profesión de Olivier Eitel (Camerún, 1970), que llegó a España en 1994 de polizón en un carguero. Hoy trabaja como mediador social en ACCEM, una ONG vinculada a la Iglesia católica que se encarga de la atención a refugiados e inmigrantes en toda España.

Más información de 18a Conferencia Mundial del Voluntariado IAVE 2004

Los acompañan en el proceso y empiezan por enseñarles cosas básicas, como hacer la compra en un supermercado o a qué horas se puede o no visitar a la gente, hasta conseguir poco a poco la plena integración social. Se trata de la misma asociación que acogió y apoyó a Eitel hace diez años. Su caso no es una excepción. El 30% de la plantilla de ACCEM son extranjeros, ya que promueven que los inmigrantes atendidos con el tiempo se impliquen en el proyecto. El objetivo, conseguir un voluntariado interétnico, multicultural e interreligioso. ACCEM es una de las ONG que han participado en la Conferencia Mundial del Voluntariado que se ha celebrado del 17 al 21 de agosto en el marco del Fórum Universal de las Culturas – Barcelona 2004.

—Se habla de la inmigración como un problema. ¿Por qué es tan complicada la integración?
No es un problema, sino un fenómeno. Siempre hago hincapié en el papel de los medios de comunicación, porque tienen una gran influencia sobre la sociedad. En ACCEM hicimos un trabajo sobre el lenguaje de los medios de comunicación de Castilla-La Mancha. Muchas veces, cuando llega una patera, se dice: «Hoy ha habido una avalancha de inmigrantes». Una avalancha, según el diccionario, es algo que llega y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Si yo, un español cualquiera, lo tomo así, creeré que los inmigrantes me van a quitar todo lo que tengo, que quizás incluso me echan de mi propio país.

—Es falso porque los inmigrantes que vienen del Norte son más numerosos que los del Sur, ¿verdad?
Sí, si examinamos la estadística de las inmigraciones vemos que hay mucha más inmigración rica. Son jubilados que tienen mucho dinero. Vienen aquí y se compran una casa, pero nunca se habla de este tipo de inmigración, que es muy superior a la inmigración pobre. Por lo tanto, siempre se relaciona inmigración con pobreza o delincuencia.

—¿Por qué cree que los medios de comunicación dan esta imagen deformada?
Hay intereses políticos, y ciertos medios se mueven según el gobierno de turno. Si intentamos conseguir que los medios, en vez de resaltar siempre los puntos más negativos de la inmigración, intenten verla como un fenómeno, podremos conseguir algo mejor. Es muy sorprendente para mí, porque España ha sido un país de emigrantes. Creo que es muy contradictorio que ahora, al ser un país receptor de inmigrantes, la sociedad tenga miedo. Antes de que el nivel económico de España subiera tanto, en los años noventa, había mucha más inmigración. Lo que pasaba era que la gente entraba en España y no se quedaba. Se iban a otros países. España antes no había pensado que un día podía ser receptora de inmigrantes. De repente viene mucha gente y no sabe por dónde tirar.

—¿Qué tiene que hacer España para afrontar bien el fenómeno de la inmigración?
Ahora mismo no hay una solución mágica, pero creo que la Administración, el Gobierno y todas las entidades y ONG que trabajan con los inmigrantes tienen que ponerse a trabajar para conseguir un modelo de integración. Es muy importante que los gobiernos occidentales sepan que ya es hora de parar la inmigración, y eso se hace desarrollando programas en los países de origen de los inmigrantes. Poner más barreras, más policía, no va a detener la inmigración. Hay que dejar que África desarrolle su comercio, que pueda vender sus productos, que pueda valerse por sí misma. Debemos ser conscientes de que hay que ir dejando las manos libres a esos países, porque, desde mi punto de vista, sigue habiendo colonización.

—¿Tiene la intención de volver algún día a Camerún?
Siempre pienso que un día volveré a donde he nacido, pero no lo sé. Creo que mi papel es, cuando voy de vacaciones, mostrarles vídeos de gente que muere en las pateras, para intentar hacerles ver que no es bueno arriesgarse a cruzar el Estrecho en patera.

—¿Qué es lo peor que sufre un inmigrante cuando llega a España?
Lo que definió recientemente un profesor catalán como la enfermedad de Ulises. Al empezar el viaje piensan que ya todo se va a solucionar, pero son rechazados, pasa el tiempo y no consiguen papeles para trabajar legalmente. A veces para sobrevivir tienen que hacer trabajos degradantes, padecen estrés, pueden ser violentos y rechazar incluso a los que realmente les quieren ayudar. Este comportamiento no se suele notar, porque todo pasa dentro de la cabeza.

—¿Qué puede hacer el ciudadano de a pie para ayudar?
Es importante que vea la inmigración como un fenómeno normal que ha existido, que existe y que existirá, porque la gente siempre ha tenido ganas de moverse, no sólo para mejorar sus condiciones de vida, sino también para descubrir nuevas culturas. Y el fenómeno se vive igualmente dentro del país. Aquí, a Cataluña, vinieron muchos andaluces a trabajar y se han quedado. Esto también es inmigración. Creo que cada ciudadano debe romper la barrera que existe, quizá por desconocimiento, y acercarse al inmigrante, saber de dónde es, cómo vive, y permitir un poco de intercambio.

—¿Cómo ve el futuro?
El futuro pasa por trabajar por una sociedad multicultural, en la que cada cultura pueda aportar lo bueno que tiene. Si no nos ponemos a trabajar en ello, no sé qué puede pasar. Me daría mucha pena que no se consiguiera, porque España está en un buen momento. Conoce la experiencia de sus vecinos, de Alemania, Inglaterra y Francia, y tiene herramientas para crear un modelo de integración propio que permita la convivencia. Si no, temo que mañana esta oportunidad de ser una sociedad multicultural no sea posible.

—¿Para usted ha valido la pena la experiencia de inmigrar?
Creo que sí, porque me ha permitido ver otra parte del mundo, conocer otra forma de vida, de pensamiento, y aprender mucho sobre lo que uno puede llegar a sufrir fuera de casa. En casa nunca había sentido rechazo, ni sabía lo que puede sufrir alguien sin su familia, sin nadie a quien, por ejemplo, hacer una confidencia o contar un problema. En mi pueblo en Camerún se suele decir que es más sabio un joven que ha visitado diez países que un anciano que tiene ochenta años y ha vivido muchas experiencias.