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Joy Moncrieffe ha hablado de diversidad étnica y respuesta estatal en el Caribe. La pertenencia a un grupo étnico supone una identidad social común que se esconde tras una historia y unas prácticas parecidas. Según Joy, «la etnicidad forma parte del ser humano» porque implica sentirse parte íntegra de un grupo.
En el Caribe hay una gran diversidad étnica. Durante el colonialismo se jerarquizaron los grupos étnicos en función, básicamente, del color de la piel. Sin embargo, en el poscolonialismo y con la creación de una nación quiso suprimirse la diversidad para crear una única identidad que uniera al conjunto de etnias que formaban el país. Más allá de las reformas estructurales, fomentar la diversidad supone repercusiones en las relaciones de poder. Según Moncrieffe, en el Caribe hay un espíritu de no-cooperación muy arraigado y se pregunta cómo pasar de las reformas estructurales a cambios en las relaciones de poder.
Luis Enrique Vega, de Bolivia, cree que el Informe sobre Desarrollo Humano 2004 «es el que presenta más dilemas de todos, aquél en el que se dejan más preguntas abiertas».
Vega, con una visión optimista, ha afirmado que «la globalización puede acompañar la diversidad cultural en lugar de aplastarla». Sin embargo, la realidad es que la globalización excluye ciertas partes del mundo del imaginario colectivo (como África). Algo que también pasa en el interior de algunos países como, por ejemplo, Bolivia, donde la globalización ha internacionalizado a las élites indígenas y, en cambio, ha olvidado a la gran masa social, que ha quedado excluida.
Así pues, la globalización produce un doble movimiento: por un lado, hay grupos privilegiados que pueden sentirse partícipes del mundo; por otro, la base social más pobre queda completamente excluida de él.
Finalmente, en lo que respecta al multiculturalismo y a la ética social, el ponente ha manifestado que se necesitan espacios de liberación, espacios públicos para la reflexión común. Agustí Colomines no participa de la creencia de que en el futuro habrá un choque de civilizaciones. A pesar de ello, sí que piensa que puede haber un choque de valores debido a que, como él afirma, «los estados nación son un obstáculo para la diversidad cultural». En efecto, según Colomines, «los estados nación hacen una parodia de la diversidad», ya que en ninguno de ellos se refleja la plurinacionalidad de los estados.
En muchos países se produce una gran paradoja, ya que mientras que los estados dicen que debemos ser multiculturales con la inmigración, ellos no lo son con las minorías del propio país.
El problema fundamental, según Colomines, es «cómo puede garantizar el estado los derechos de los individuos a ser lo que realmente quieren ser». Siguiendo este esquema, España debería convertirse en un estado multinacional para garantizar los derechos de las minorías nacionales, además de multiétnico para asegurar el cumplimiento de los derechos de las minorías étnicas. Deberían reconocerse todas las naciones y etnias porque el individuo siente la necesidad, y tiene el derecho, de mantener los rasgos propios y diferenciales.
Alioune Sall, de África, ha explicado que en la mayoría de países africanos hay conflictos violentos. Las razones que se han dado para explicar esta violencia endémica hacen referencia, básicamente, a la economía y a la desigualdad social. No obstante, el contexto de política económica nos da una visión muy parcial, ya que hay muchos conflictos que van más allá de la clase social.
Por este motivo ha surgido una tendencia a explicar la violencia partiendo de las diferencias culturales. Pero este razonamiento es altamente confuso, ya que de hecho el problema es político y se basa en relaciones de poder. En efecto, según Alioune Sall, el problema de la violencia no es cultural sino político.
En África hay una gran diversidad y hay que enfrentarse a esta heterogeneidad reconociendo las múltiples identidades del continente. Ciertamente, las identidades y las comunidades pueden definirse como particulares y diferentes, pero con el objetivo de forjar un futuro común, dejando de lado el pasado. Hay que enfatizar y dar prioridad al hecho de que todo el mundo es residente común y conseguir una «reconciliación entre identidad cultural e identidad común».
Azza Karam ha ofrecido una ponencia sobre religión, el mundo árabe, género y globalización. En muchas culturas, los movimientos políticos utilizan el discurso religioso para justificar determinadas acciones violentas. Estos movimientos políticos religiosos, obviamente, afectan a la parte laica del mundo (p. ej., Bush). En cuanto al islamismo y su identidad, Karam ha destacado que no es única, sino que es muy diversa y múltiple. En efecto, «la identidad islámica es multicultural».
En muchos países árabes hay una resistencia a asumir los patrones dominantes de la cultura occidental y, por esta razón, se da una necesidad creciente de crear una forma islámica de gobierno. Hay dos tendencias: los moderados, que sostienen que hacen falta tiempo y dinero, ya que construir un gobierno es un proceso largo que debe hacerse de forma democrática; y los radicales, que piensan que el fin justifica los medios y, por tanto, legitiman el uso de la violencia física y simbólica.
Obviamente, entre las dos tendencias hay un elevado número de movimientos que pululan. Según Karam, «los movimientos políticos y religiosos se nutren mutuamente» y, en consecuencia, la participación de las mujeres en la vida pública está presente en los moderados e inexistente en los radicales.
En lo que respecta al tema de las mujeres, Karam ha afirmado que es difícil hablar de un movimiento feminista en estos países, ya que hay una gran separación entre mujeres laicas y mujeres islámicas. Entre ellas debería crearse la voluntad de conseguir un futuro común que las beneficie a todas y, así, unirse en unos mismos objetivos.
Por su parte, Sakiko Fukuda-Parr cree que «la cultura sigue el poder» y, por tanto, quien tiene el poder quiere imponer su cultura a los demás. En la actualidad, la mundialización económica ha exportado culturas dominantes a través de la música, la literatura y, sobre todo, el cine.
La pregunta es: ¿cómo promover una globalización que no conduzca a la imposición de las culturas dominantes? ¿Qué hay que hacer ante esta situación? Según Fukuda-Parr, no tiene sentido cerrar fronteras a la importación, ya que establecer barreras a los flujos culturales es muy peligroso. La solución, por tanto, pasaría por que «los países encontraran fórmulas para nutrir a las industrias culturales autóctonas».
En cuanto al tema de los indígenas, la globalización asimétrica hace que muchas inversiones de industrias y empresas se dirijan a áreas reivindicadas por grupos indígenas, por lo que se da una confrontación creciente entre indígenas e inversores. Ante esta situación, lo que no puede hacerse es poner freno a las inversiones, ya que esto iría en detrimento del bienestar material de la gente. Por consiguiente, la solución sería pactar y repartir beneficios.
Finalmente, Fukuda-Parr se ha referido de forma breve a la inmigración. Según ella, en Europa es necesaria desde el punto de vista demográfico y económico. A pesar de ello, muchos países tienen miedo a perder la identidad cultural ante la llegada de los inmigrantes. La realidad es que la inmigración actual cuestiona mucho más la asimilación, ya que la gente continua teniendo contactos frecuentes con los países nativos. Habrá que dar paso a nuevos modelos de integración.
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