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Agua: vida y seguridad
Diálogo de referencia: El agua: vida y seguridad

El problema de la falta de agua para uno de cada cinco habitantes del planeta no es un problema de carencia, sino de mala gestión. Es necesario una nueva cultura del agua en la que se priorice su uso como un derecho humano inalienable y se realice una gestión ecosistémica sostenible de este recurso en lugar de considerarlo, como hasta ahora, un mero producto mercantil.

En el marco del Fórum Universal de las Culturas y del diálogo «Agua: vida y seguridad», se ha aprobado el documento «Principios fundamentales para un Convenio Global sobre el Derecho al Agua», una especie de declaración universal de derechos y obligaciones que se llevará a la ONU para conseguir la adhesión y el cumplimiento por parte de todos los Estados miembros.

El documento, que había sido trabajado previamente, fue el eje principal del debate en torno al cual los diferentes ponentes aportaron sus comentarios y matizaciones. Durante el debate mantenido por todos los actores implicados se acordó el último borrador, que fue finalmente aprobado en el marco del diálogo.

El texto pretende impulsar un objetivo en absoluto sencillo, puesto que todavía hay muchos países, como los EE UU, reticentes a firmar este tipo de protocolos, según denunció Mijail Gorbachov, presidente de Cruz Verde Internacional, una de las principales impulsoras del documento, aunque «de entrada, ya contamos con todo el apoyo del secretario general de la ONU, Kofi Annan». El documento aprobado en el Fórum ha sido elaborado por un Comité de Sabios del Agua, entre 50 y 70 «expertos en agua» de todos los estamentos implicados (ONG, funcionarios, inversores, técnicos) que iniciaron su andadura en el año 2000 auspiciados por la Secretaría Internacional del Agua, Cruz Verde Internacional, la Alianza por el Agua Maghreb-Machreq y el Water Supply and Sanitation Collaborative Council. Esta iniciativa de la World Assembly of Water Wisdom, originariamente inspirada por la Secretaría Internacional del Agua de la ONU, organizó su primer encuentro durante el Tercer Fórum sobre el Agua en Kioto en el año 2003.

Según las cifras aportadas durante este diálogo por los diferentes ponentes, en el mundo hay 1.200 millones de personas sin agua potable, 2.500 millones que no tienen acceso al agua imprescindible para su saneamiento y más de 5 millones que mueren anualmente por enfermedades relacionadas con la falta de agua en condiciones.

El expresidente de la URSS, resumió en su intervención de clausura la postura de la mayoría de los ponentes de este diálogo: «la situación es grave, pero todavía estamos a tiempo de solucionarla». «Es necesario una glasnost (apertura o transparencia) mundial para resolver los problemas de agua» añadió. Para Gorvachov esta transparencia informativa global ha de concienciar a la ciudadanía sobre la magnitud del problema, que afecta a uno de cada cinco habitantes del planeta, para que presionen a sus respectivos gobiernos en la búsqueda de soluciones y el cumplimiento de sus obligaciones y «el Fórum de Barcelona es muy importante para conseguir esta glasnost mundial», concluyó.

En este sentido, varios ponentes promulgaron la necesidad de una nueva cultura del agua que recoja mejor el valor de este recurso como un derecho humano que no puede gestionarse con fines productivos, sino desde un paradigma global de sostenibilidad y solidaridad global.

«El agua para la vida es un derecho universal e inalienable que los gobiernos, las organizaciones internacionales, las instituciones financieras y las empresas privadas, así como todos los miembros de la sociedad, tienen la responsabilidad de respetar, proteger y cumplir», señala el documento en su preámbulo.

«Cuando un tercio de la humanidad sigue sufriendo por falta de agua potable adecuada y saneamiento, queda claro que el derecho al agua para la vida está lejos de ser una realidad».

Por ello, el documento proclama que toda persona debe disponer de la cantidad de suministro suficiente (los 40-50 litros diarios denominados Agua para la Vida) para satisfacer las necesidades básicas: beber, higiene, agricultura y ganadería de subsistencia. El derecho al agua ha de conllevar tarifas asequibles porque el «agua no puede tratarse como una mercancía cualquiera, ni como simple objeto de comercio». De igual modo, se hace especial hincapié en la necesidad de una gestión sostenible como elemento imprescindible de los ecosistemas para salvaguardar un «equilibrio armonioso entre el acceso al agua, los imperativos de salud, la protección del medio ambiente (en particular de los ecosistemas acuáticos) y el desarrollo humano».

El director del diálogo, Bertrand Charrier, vicepresidente de Cruz Verde Internacional, inició la sesión inaugural resaltando las necesidades de inversión para cumplir con los objetivos de la Declaración del Milenio (2000) y de la Declaración de Johannesburgo (2002) con el fin de reducir a la mitad, antes de 2015, el número de personas sin acceso a agua potable en condiciones. Cada dólar invertido rinde entre 3 y 34 dólares. Pero son necesarios 11.300 millones más de los que se invierten anualmente, y las «necesidades de los inversores no son las de los pobres», constató. Por ello, se mostró partidario de que los países más ricos paguen 10 dólares al año por habitante para resolver este problema. «Invertir en agua hoy es invertir en la paz de mañana», sentenció.

El tema del agua como fuente de paz o de guerra fue abordado directamente durante el diálogo con la elaboración de un manifiesto en el que se exige al Gobierno de Sharon que respete el derecho de los palestinos al agua, recordando que la Convención de Berna prohíbe el uso de agua como arma en conflictos no internacionales, aunque dos países no la hayan firmado: Estados Unidos e Israel.

El principio de la solidaridad de los países ricos con los más pobres fue uno de los puntos que más destacaron los ponentes del diálogo. Así, en la sesión inaugural, «El agua, recurso estratégico», el presidente de Cruz Verde Internacional, Alexander Likhotal, se quejó de que «los gobiernos no están dispuestos a sacrificar sus beneficios y los ciudadanos no estamos dispuestos a sacrificar nuestras comodidades», por lo que resulta muy difícil avanzar en la solución de los problemas de agua en el planeta.

En este sentido, el director general de Ciencias Naturales de la UNESCO, Andras Szöllösi-Nagy, alertó de los graves cambios climáticos en forma de sequías e inundaciones que estamos produciendo con la contaminación atmosférica y la alteración del ciclo del agua, aunque si invirtiéramos «el 2% de lo que se gasta anualmente en armamento, (...) estaría en nuestras manos el control del cambio climático».

Por su parte, en la misma sesión, la directora del Programa Hábitat de las Naciones Unidas, Anna K. Tibaijuka recordó una situación citada en numerosas ocasiones por otros ponentes: el hecho de que en África el principal obstáculo para la escolarización de las niñas es que éstas tienen que ir a buscar agua para la familia y señaló que «el 70% de los pobres del mundo son mujeres». Tibaijuka coincidió con Likhotal en remarcar la relación entre falta de agua y pobreza, porque los inversores «no acuden a donde sólo hay pobres». Frente a esta injusticia propuso que los países desarrollados aporten el 0,7% del PIB, la revisión de los aranceles de los productos de los países con menos recursos y que a la hora de realizar las donaciones se investiguen iniciativas locales, «mejor si están protagonizadas por grupos de mujeres».

En general, la mayoría de los ponentes africanos coincidieron con el secretario general del Centro Africano para el Desarrollo Integrado, Dame Sall, en su denuncia de que la solidaridad está desapareciendo por culpa de la competitividad de la globalización neoliberal, y apostaron por la inversión en microproyectos locales, consultando con los agricultores de cada zona para combinar los últimos avances con las técnicas tradicionales frente a la agricultura productivista controlada por las grandes multinacionales que daña el medio ambiente y sólo beneficia a los más ricos.

En esta línea, Rita Levi-Montalcini, premio Nobel de Medicina, se mostró partidaria de los microproyectos de ayuda entre ciudades frente a la «ineficacia que han demostrado hasta ahora los Estados». La presidenta de honor de Cruz Verde de Italia se refirió al Fórum Global que organizó en 2001 el alcalde de Roma, Walter Beltroni, y que se basa en la cooperación entre ciudades y personas, ya que los «alcaldes conocen más de cerca los problemas locales y tienen que hacer frente a menos burocracia». Montalcini puso como ejemplo el proyecto de ayuda de la capital italiana a Kigali que «está siendo todo un éxito».

En la sesión «Agua, salud y medio ambiente», el director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Klaus Töpfer, redundó en el aspecto de que invertir en «desarrollo sostenible es política en pro de la paz», llegando a solicitar la creación de unos «cascos verdes» para hacer frente a la problemática del agua en los países menos desarrollados. Para Töpfer, invertir en agua en el Tercer Mundo «no es caridad, sino una política de paz» y recalcó que «mantener la biodiversidad es mantener la diversidad cultural» así como que «necesitamos preservar la sostenibilidad del medio ambiente para garantizar la sostenibilidad del agua».

Por su parte, el oceanógrafo, Jean Michel Cousteau, denunció la práctica de los países industrializados de convertir los mares en «basureros» aunque los perjudicados sean otros países más pobres y afirmó que «la sociedad civil ha de partir de iniciativas locales con visión global». El hijo de Jacques Cousteau, que aprovechó para presentar un documental sobre el Prestige, se mostró partidario de prohibir la utilización de banderas de conveniencia en el trasporte marítimo, con el fin de evitar que se repitan catástrofes similares.

El aspecto más propiamente medioambiental de la problemática del agua, uno de los apartados al que más tiempo dedicaron los ponentes, fue resumido por el presidente de la Fundación Nueva Cultura del Agua, Pedro Arrojo, en la sesión de clausura, al señalar que «es necesario una nueva mentalidad, porque no es un problema de escasez ,sino de gestión». Este nuevo enfoque ha de pasar por «una gestión ecosistémica del agua como parte de un río o un acuífero» frente a la «gestión utilitarista a corto plazo del agua» como producto. Para el presidente de esta organización, que lideró la lucha contra el Plan Hidrológico Nacional y el trasvase del Ebro, los nuevos modelos de gestión deben dar máxima prioridad al derecho humano del agua-vida frente al «agua-negocio legal, pero ilegítimo». En su intervención, en la que sintetizó las principales conclusiones de los diferentes simposios del diálogo, Pedro Arrojo abogó por nuevos modelos de gestión en los que se promueva la gestión local con la participación de todos los agentes implicados «de abajo a arriba».

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