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Oferta energética sostenible
Diálogo de referencia: Energía y desarrollo sostenible

No se puede mantener en el futuro el actual modelo energético centrado en el consumo de combustibles sólidos.

La actual dependencia energética de recursos limitados y contaminantes no resulta sostenible en el futuro. Por tanto, se necesita cambiar hacia un modelo basado en tecnologías limpias que utilicen recursos renovables. El futuro modelo energético ha de ser, además, un modelo descentralizado, que produzca la energía en el lugar donde se consume. El modelo descentralizado, aparte de evitar las ineficacias vinculadas a la distribución, ha de facilitar el acceso a la energía en los países en vía de desarrollo, que no cuentan con las infraestructuras necesarias en el actual modelo centralizado. Así, se lograría romper el círculo vicioso donde la pobreza hace muy difícil el acceso a la energía, y la falta de acceso a la energía perpetúa la pobreza.

Actualmente, existen tecnologías como la eólica o la solar, u otras en estado menos desarrollado como la biomasa o el hidrógeno, que se adecuan perfectamente a los requisitos del nuevo modelo necesario. Sin embargo, experimentan un progreso muy lento y su implantación de forma generalizada parece aún muy lejana.

La razón de tan lento progreso se halla en dos circunstancias relacionadas también con una suerte de círculo vicioso. Por una parte, desde un punto de vista únicamente económico, las fuentes de energía renovables no resultan competitivas respecto al petróleo, el carbón o el gas. Por otra, en el actual mercado energético donde se prima básicamente el precio, los sectores económicos o industriales no invierten en tecnologías que requieren largos periodos de maduración. Sin embargo, sin una fuerte inversión en investigación y desarrollo, resulta difícil que estas tecnologías mejoren su eficacia y rebajen sus costes y puedan, así, llegar a ser competitivas.

Para romper esta tendencia y avanzar decididamente hacia un nuevo modelo sostenible se reclama, en primer lugar, que pueda compatibilizarse la protección medioambiental con un mercado competitivo. Para esto el precio de los combustibles sólidos debería incluir los costes ocultos en materia de salud y medioambiente que actualmente se externalizan. Además, se denuncia la falta de inversión en tecnologías limpias, algo que se demanda ya como asunto de urgencia y que sólo puede ser fruto de un impulso político decidido al respecto.

Problemática:
En la actualidad, el total del consumo energético en todo el mundo depende en un 80% de la utilización de los llamados combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas), mientras que sólo se obtiene un 2% de las llamadas energías renovables, como la eólica o la solar. La continuidad en la dependencia de estas fuentes energéticas presenta un grave problema de sostenibilidad basado en dos elementos: la limitación de los recursos naturales que utilizan y el efecto contaminante que produce su transformación en energía.

Efectivamente, el gas, el carbón y sobre todo el petróleo son recursos naturales limitados. Considerando los actuales niveles de consumo, muchos expertos creen que las reservas petrolíferas se agotarán en unos 30 o 50 años, quizá algunos más en el caso del gas. También se prevén futuras épocas de escasez que, inevitablemente, constituirán una fuente de inseguridad política, fragilidad económica, e incluso de conflictos bélicos. Por lo que respecta a los efectos medioambientales, son cada vez más los científicos que establecen una relación directa entre las emisiones de dióxido de carbono provocadas por la utilización de estos combustibles y los cambios climáticos experimentados durante los últimos años, como el deshielo en los polos, el aumento de la temperatura media global o la serie de fenómenos atmosféricos conocidos como «El Niño».

Propuesta:
Debido a la urgencia del problema y a la falta de otras opciones eficientes, se plantea la posibilidad de volver a la energía nuclear pero aumentando la seguridad como única alternativa posible al cambio climático que producen los combustibles fósiles. Se propone la creación de un fondo global de 50.000 millones de dólares para la investigación de nuevas fuentes de energías alternativas. Se apuesta por la reducción o eliminación total de los impuestos sobre los llamados biofueles. Finalmente, se insiste en la necesidad de un mercado energético transparente que refleje los costes externalizados en salud y medio ambiente que comportan las fuentes energéticas tradicionales.

Posturas:
Surge la cuestión de cómo compaginar un mercado competitivo con el cuidado del entorno. La desregulación del mercado ha llevado a que disminuyan las inversiones en investigación y desarrollo y en infraestructuras. El protocolo de Kioto puede tener también efectos negativos ya que institucionaliza, de algún modo, el derecho a contaminar. Existe la posibilidad de que algunos países provoquen una especie de dumping medioambiental al vender sus derechos de emisión. ¿Se puede exigir desde los países desarrollados un control energético y de emisiones de dióxido de carbono a los países en vía de desarrollo?

Buenas prácticas:
Una directiva europea nacida a partir de la publicación del Libro Verde de la Comunidad Europea establece para el 2010 el objetivo de un 22% de energías renovables en el conjunto de la producción energética de todos los países pertenecientes a la comunidad. El protocolo de Kioto puede potenciar la inversión en tecnologías más limpias al introducir la emisión de dióxido de carbono como coste económico. El protocolo, sin embargo, no ha contado con la ratificación de países altamente emisores como EE.UU. y Rusia. Desde hace dos años, circulan por Barcelona tres autobuses de hidrógeno. Se trata de vehículos que funcionan con bombonas de gas que contienen hidrógeno comprimido y no generan emisiones de gases contaminantes ni ruidos. La empresa BP ha construido la estación que genera y almacena el hidrógeno para los autobuses. Con este proyecto, todavía en fase de pruebas, Barcelona participa en el programa CUTE (Clean Urban Transport in Europe), que pretende promover la implantación de baterías de hidrógeno como energía limpia para el transporte público. Toyota comercializa un coche híbrido que combina el uso de un motor eléctrico con el convencional de combustión. La compañía realiza una fuerte inversión en investigación y desarrollo para diseñar un vehículo eléctrico que tenga autonomía y no necesite grandes volúmenes de baterías.

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